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viernes, 21 de noviembre de 2008
Me ha encantado La fórmula preferida del profesor, de la japonesa Yoko Ogawa. El libro ha tenido un gran éxito en Japón, donde ha sido premiado por sociedades matemáticas, pues el entusiasmo por los números y sus relaciones forma parte de su contenido. Esa noticia previa me hizo desconfiar —otros libros sobre matemáticas me han parecido insufribles— e interesarme —pues la materia la conozco y me gusta—. Al leerla he visto que lo matemático está muy bien integrado en la historia pero que su fuerza está en la relación humana entre los protagonistas y en lo bien contada que está.
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jueves, 20 de noviembre de 2008
Estos días estoy recomendando a mis amigos profesores el último libro de Daniel Pennac titulado Mal de escuela. Tiene mucho de autobiografía, pues habla de sus años como mal alumno y de sus experiencias posteriores como profesor. Tiene bastante de análisis de algunas cuestiones educativas, pues combate con energía el espíritu de queja con el que unos echan las culpas a los otros del fracaso escolar, y porque habla de los métodos que usa y que, según su experiencia, funcionan. Tiene también algo de crítica social pues arremete contra los reportajes periodísticos alarmistas sobre jóvenes marginales, que generalizan sucedidos que no dejan de ser más que anécdotas, y no es precisamente amable con quienes hablan y actúan como si la misión de los enseñantes fuera «¡preparar a los alumnos para que empujen su carrito por las interminables avenidas de la vida comercial!»
En el comienzo plantea su objetivo: hablar del «dolor compartido del zoquete, sus padres y sus profesores» y de «la interacción de esos pesares en la escuela». Y, después de una presentación de sí mismo como un chico problemático que no comprendía nada en la escuela, cuenta cómo se produce su cambio y cómo decide llegar a ser profesor con especial dedicación a... los zoquetes. A mí me han resultado más que convincentes sus reivindicaciones de métodos educativos clásicos como el dictado y el aprendizaje memorístico, así como su elogio cuidadoso de los beneficios del régimen de internado en el que vivió varios años. También me han parecido clarificadoras sus opciones acerca de cómo no hay que tratar al mal alumno —sin reírse, sin blandir el pasado, sin amenazar con el futuro...—; y, en concreto, después de distinguir entre respuestas erróneas y respuestas absurdas, las que un alumno improvisa tomando pie de cualquier indicio, me ha gustado su explicación de que las últimas no se deben evaluar, pues hacerlo «es acceder a evaluar cualquier cosa y por consiguiente cometer uno mismo un acto pedagógicamente absurdo».
El libro tiene magníficos momentos de reivindicación del buen profesor —algunos son incluso emotivos— y sus aciertos compensan de sobra el que haya pasajes algo enfáticos o disquisiciones menos claras. Tampoco es del caso ponerse a discutir sobre cuestiones a las que no entra, pues el libro ha de ser juzgado por lo que dice y por lo que propone. Al final, Pennac subraya que, para comprender al mal alumno, el adulto ha de fomentar la capacidad de imaginarse a sí mismo sin saber lo que sabe, y afirma que la palabra clave, que nadie se atreve a pronunciar nunca en ningún sitio porque resulta peligrosa, es... amor. Y, precisamente, una de sus manifestaciones, una de las líneas de fuerza que recorre toda la obra, es la necesidad de la tenacidad, de no rendirse nunca, de no dar por supuesto que las cosas van a ir a peor. Así, a una madre preocupada por lo que será de su hijo en el futuro, le dice:
«—¿Sabe usted el único modo de hacer que se ría el buen Dios?
Vacilación al otro extremo del hilo.
—Cuéntele sus proyectos.
En otras palabras, no pierda la cabeza, nada ocurre como está previsto, es lo único que nos enseña el futuro al convertirse en pasado».
Daniel Pennac. Mal de escuela (Chagrin d’ecole, 2007). Barcelona: Mondadori, 2008; 255 pp.; col. Literatura; trad. de Manuel Serrat Crespo; ISBN: 978-84-397-2129-1.
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jueves, 20 de noviembre de 2008
En Mal de escuela, a propósito de la indignación que le produjo el enfoque de un reportaje atemorizador sobre jóvenes violentos y marginales, dice Daniel Pennac que vivimos en «una sociedad sin honor que ha perdido hasta el propio sentimiento de paternidad». Y, unas páginas después, en el mismo libro, habla de lo mismo de otra manera: 
«Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono.
Son niños, los cinco.
Instrumentalizados, los cinco».
A Pennac le falta una sexta clase de niño, todavía más instrumentalizado, al que, sin embargo, sí alude cuando habla de que cada época impone su lenguaje que, en la nuestra, es «la lengua de los objetos». Se pregunta y se responde Pennac:
«Hace unos quince años, ¿habría sido yo el pequeño de cuatro hermanos? ¿Me habrían deseado? ¿Me habrían concedido el visado de salida?
Cuestión de presupuesto, como todo lo demás».
En la palabra deseado, que Pennac acentúa, está la clave. Ningún deseo debería llevarnos a olvidar que un ser humano, sea quien sea y tenga el tamaño que tenga, nunca es un objeto que uno puede instrumentalizar y usar o tirar según le convenga.
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miércoles, 19 de noviembre de 2008
Aventuras de dos gemelos diferentes, de Tonke Dragt, es un libro de aventuras y enredos, entretenido e inteligentemente compuesto, que merece ser conocido. Eso sí, la edición contiene algunas erratas, algunos defectos de traducción y el error contumaz de citar con minúsculas a Dios: los personajes hablan de «la bendición de dios» y dicen «que dios os bendiga», y el narrador menciona de alguien que «le dio las gracias a dios». Da vergüenza tener que decir que usamos las mayúsculas para nombrar a Dios por la misma razón que las usamos para referirnos a Siruela o a Tonke Dragt.
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martes, 18 de noviembre de 2008
También porque me ha recordado textos que yo leí cuando era niño, otra adaptación para niños reciente que me ha parecido bien resuelta es La Biblia, de Ernesto Juliá, con ilustraciones de Alicia Cañas. En dos tomos, uno para el Antiguo y otro para el Nuevo Testamento, el autor presenta en cada doble página un texto que corresponde a un día del año. Al tratarse de un libro pensado con intenciones formativas, como para leer por la noche con los hijos, con cada historia se obtiene una brevísima conclusión. Los textos están bien escritos y las ilustraciones tienen calidad por lo que el libro cumple bien las funciones que se le han de pedir a una adaptación: dar a conocer la obra, en sus contenidos básicos y en su espíritu de fondo, e introducir a una futura lectura.
En relación a las reticencias de algunos sobre las adaptaciones pueden venir bien algunos comentarios que hizo Chesterton en un prólogo que puso a unos extractos de la Vida de Samuel Johnson: «Es indiscutible que para ciertos fines, quizá los más importantes, es preferible conocer el texto completo de algún documento dado. Pero si se afirmara que ninguna exposición o relato tiene valor si es fragmentario, se llegaría a consecuencias interesantes e incluso alarmantes». En primer lugar, sigue, se puede recordar que «el arte de seleccionar no ha sido inventado por los editores modernos»; que «casi todos los documentos sobre los cuales basamos nuestra creencia en la existencia de Jesucristo o de Sócrates, habrán sido mutilados y editados una y otra vez»; y que el hecho de hacer selecciones de una obra es la prueba de su inmortalidad. Luego, viene bien pensar que si no se justificase «el hecho de extraer partes de un libro, como tantas veces hacemos», tampoco sería «justo tomar fracciones de la existencia, que es lo que todos hacemos» habitualmente. Otra cara más de la cuestión es que «es difícil admitir que lo bueno deja de serlo si se ofrece en pequeñas dosis» pues «si nunca es excesivo lo bueno, es igualmente bueno si se ofrece en pequeñas cantidades».
Ernesto Juliá Díaz. La Biblia (dos volúmenes: uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento). Madrid: Bruño, 2008; 256 pp.; ilust. de Alicia Cañas Cortázar; ISBN: 978-84-216-8142-8.
G.K.Chesterton. Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.
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lunes, 17 de noviembre de 2008
Los álbumes que más me han impresionado, técnicamente, de los últimos meses: Espejo y La ola, de Suzy Lee. Las minihistorias que cuentan también me han encantado pero me parece que brillan gracias a que la ilustradora coreana domina por completo el álbum como un medio propio y sabe sacar todo el partido a sus posibilidades y a sus condicionamientos. Máxima nota, por tanto.
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domingo, 16 de noviembre de 2008
«El ratonero no tiene nada que reprocharse.
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.
No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.
De cien kilos es el corazón de la orca,
pero no le pesa.
Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol».
Wisława Szymborska. Poema que pertenece a El gran número (Wielka Liczba, 1976), contenido en El gran número, Fin y principio y otros poemas. Madrid: Hiperión, 1997; 197 pp.; col. Poesía Hiperión; edición al cuidado de María Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal; estudio introductorio de Malgorzata Baranowska; ISBN: 84-7517-524-4.
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sábado, 15 de noviembre de 2008
«La cualidad principal de la prosa es la precisión: decir lo que se quiere decir, sin adornos ni frases notorias. En cuanto la prosa “se ve”, es mala». Y, más adelante, Augusto Monterroso pone algunos ejemplos: «“La negra noche tendió su manto” es un ejemplo de lo que no debe hacerse nunca en prosa. “Cayó la noche” ya es menos malo, pero sigue dando idea de “literatura”. Lo mejor es: “Se hizo de noche” o “Llegó la noche”. Cualquier otra forma de decir esto es basura».
Augusto Monterroso. Entrevista del año 1980, en Viaje del centro de la fábula. Madrid: Alfaguara, 2001; 191 pp.; diez entrevistas entre los años 1969 a 1994; ISBN: 84-204-4259-3.
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viernes, 14 de noviembre de 2008
Lo he pasado bien con Una lectora nada común, de Alan Bennett, un relato inteligente y ameno que habla de la pasión por la lectura. Con casi ochenta años, la reina de Inglaterra se hace lectora de toda clase de libros; eso trae consigo cambios en el modo en que cumple con sus obligaciones y causa reacciones de sorpresa e incluso irritación a su alrededor; además, poco a poco, también se pone a escribir. Con un estilo directo y unos diálogos excelentes, la historia se desarrolla con fluidez y una ironía elegante que dirige sus dardos en cualquier dirección. Así, a la reina no le atrae demasiado Jane Austen: «Puesto que las distinciones sociales constituían la esencia de los escritos de Jane Austen, y a la reina le parecían más intrascendentes que a un lector ordinario, su lectura le parecía particularmente fatigosa». O bien, después de leer a Proust —el único autor no inglés que se cita en todo el libro— y, hablando con sus ministros, la reina comenta: «el libro de Proust es largo, pero, si el esquí acuático lo permite, se puede leer entero en las vacaciones de verano». Además, el final de la historia es perfecto.
Alan Bennett. Una lectora nada común (The Uncommon Reader, 2007). Barcelona: Anagrama, 2008; 119 pp.; trad. de Jaime Zulaika; ISBN: 978-84-339-7475-4.
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jueves, 13 de noviembre de 2008
Después de La ciudad infinita leí (reconozco que demasiado rápido) El jinete de plata, la cuarta entrega de La llave del tiempo. Esta vez casi todo está centrado en la preparación, y luego en la participación, de Martín en los Campeonatos mundiales de Juegos de Arena, que serán la oportunidad de poder entrar en la Ciudad Roja de Ki. Los juegos de Arena son «una desconcertante mezcla de realidad y efectos especiales, un enfrentamiento brutal de nueve personas de carne y hueso sumergidas en un escenario semivirtual donde nada era lo que parecía».
Es de justicia señalar de nuevo que los andamiajes están bien montados y la calidad del lenguaje —cosas que se han de subrayar por contraste con otros productos novelescos más o menos semejantes—, pero también debo indicar que mi atención ha ido decreciendo a lo largo de la serie, por varios motivos. Uno, que la historia es demasiado larga y el argumento demasiado complejo, por lo que requiere un tiempo de lectura que, para mí, es excesivo. Otro, el pensamiento de que si las grandes sagas de ciencia-ficción del pasado se han quedado antiguas con más motivo a esta obra le sucederá lo mismo. Otro más, que con todo el mérito que tiene un ejercicio imaginativo y constructivo tan grande, los personajes no me convencen: todos hablan parecido y con frecuencia sus reacciones emotivas se describen con frases estereotipadas. Además, preferiría más contención y menos solemnidad en algunos comentarios: «El miedo, sea de la clase que sea, es siempre una forma de egoísmo», dice Jade a Martín, y sigue: «da lo mismo que sea miedo al dolor físico o al dolor moral. Es estrechez de miras. Es esclavitud. Es estar encadenado a tu propio reflejo».
De todos modos, conviene separar mis impresiones de las que puedan tener otros lectores, mucho más frescos en sus apreciaciones y mucho más ansiosos que yo de ficciones largas que les entretengan. En relación a esto viene bien recordar el comentario de Chesterton que ya puse, a propósito de otra obra de ciencia-ficción, en Lujo y necesidad: «para muchos lectores una historia nunca es demasiado larga, pues su conclusión es siempre algo lamentable, como el último penique o la última cerilla».
Ana Alonso y Javier Pelegrín. El jinete de plata (2008). Madrid: Anaya, 2008; 573 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 978-84-667-7685-1.
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miércoles, 12 de noviembre de 2008
Muchos relatos israelíes me atrajeron en el pasado, aunque les viera defectos, porque presentaban personajes singulares a los que valía la pena conocer. Lo mismo me ha sucedido con Wasserman: historia de un perro, de Yoram Kaniuk.
Talia, una chica de catorce años, cuenta su encuentro con un perro muy malherido al que decide llamar Wasserman y cómo, con ayuda de sus padres, del doctor Steiner y de su amigo Guidi, logra recuperarlo. Más adelante descubre que Wasserman canta cuando escucha música: esto le hace famoso pero también atrae a su antiguo propietario.
Sobre todo al principio, el relato es artificial porque alarga descripciones y situaciones como queriendo literaturizarlo todo. También, el modo en el que Talia trata y recoge al perro maltratado, si por un lado se presenta como admirable por lo que refleja de su amor a los animales y de su tozudez, por otro es de juzgado de guardia para los adultos que la rodean y se lo permiten. Luego, el amor del doctor Steiner a los animales es irracional: «Para mí los perros son seres como los humanos». Además, el escritor pone en boca de Talia comentarios más bien de adultos como este: «A padres y maestros les queda mucho por aprender de nosotros»; y le hace afirmar cosas como que «la arrogancia es lo contrario de la soberbia» (lo contrario, lo contrario..., no).
Pero la historia engancha, no sólo porque acabamos teniendo interés en qué pasará con Wasserman, sino porque los personajes son atractivos y consistentes, desde Talia y sus padres a otros más secundarios como la vecina viuda que se alimenta de las desdichas de los demás o el bondadoso doctor Steiner. Después, el modo que Talia tiene de ver a quienes le rodean, una mezcla de aspereza y ternura, de objetividad y compasión, es sobresaliente. Así, cuando habla de su madre dice: «Me encanta la vitalidad de pantera de mamá en los momentos de crisis. (...) En periodos de crisis, mamá se olvida de sus compulsivos dolores de cabeza y de sus miedos y se comporta como una líder de la nación». Y su personalidad fuerte, nada complaciente con el borreguismo ambiental, se ve aquí: «Me ponía furiosa el uso exagerado y ultrajante de la palabra amor. Le dije a mamá que cuando yo amara sería para toda la vida, y cuando besara sería para siempre, y ella me miró con inquietud. He visto suficientes películas y he leído suficientes libros para saber que uno acaba por acomodarse, pero yo no lo haré».
Yoram Kaniuk. Wasserman, historia de un perro (Wasserman, 1994). Madrid: Siruela, 2008; 182 pp.; col. Las tres edades; trad. de Roser Lluch i Oma; ISBN: 978-84-9841-175-1.
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martes, 11 de noviembre de 2008
Un caso en el que una primera novela de un autor es sensacional: Las hermanas Penderwick, de Jeanne Birdsall. Es un gran logro escribir una historia muy actual que se pueda poner en línea con clásicos como Mujercitas o las novelas de Edit Nesbit. Un relato así tiene la ventaja de que conecta con el público infantil pero, también, con el público adulto que recuerda esos clásicos, por lo que resulta un buen puente para que unos lean libros antiguos y otros lean libros de ahora.
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lunes, 10 de noviembre de 2008
Negros y blancos es un álbum protagonizado por elefantes que David Mckee publicó antes de crear a Elmer. La historia comienza diciendo que, «Hace ya mucho tiempo, todos los elefantes del mundo eran negros o blancos». Ambos bandos estaban enfrentados y vivían uno a cada lado de la selva. Los elefantes que querían la paz se internaron en la selva y los demás pelearon entre sí hasta que no quedó ninguno vivo...
Ilustraciones a doble página con los elefantes negros a la izquierda y los blancos a la derecha. El texto que las acompaña va en franjas blancas en la parte inferior. Resultan graciosas y trágicas a la vez las ilustraciones de los elefantes que convierten sus trompas en armas. Es un buen ejemplo de relato circular que juega con efectos de oposición tanto argumentales como gráficos. El final irónico, comparable por ejemplo al del álbum de Ralph Steadman titulado El puente, revela desconfianza en la capacidad humana de vivir sin acabar encontrando motivos para el enfrentamiento.
David Mckee. Negros y blancos (Tusk Tusk, 1978). Madrid: Anaya, 2008; 30 pp.; col. Sopa de cuentos, primeros lectores; trad. de Juan Ramón Azaola; ISBN 978-84-667-7646-2.
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domingo, 9 de noviembre de 2008
«Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano. “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos. Nació de otro ciprés similar, pero no exactamente igual al tuyo. Y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir”! Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir de uno tan grande como tú».
Wisława Szymborska. En El poeta y el mundo, discurso de recepción del Premio Nobel, contenido en El gran número, Fin y principio y otros poemas. Madrid: Hiperión, 1997; 197 pp.; col. Poesía Hiperión; edición al cuidado de María Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal; estudio introductorio de Malgorzata Baranowska; ISBN: 84-7517-524-4.
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sábado, 8 de noviembre de 2008
Le preguntan a Augusto Monterroso si pueden separarse la postura política del escritor y su creación literaria, y responde: «El juicio sobre la obra de cualquier escritor está siempre teñido por los prejuicios dominantes en su tiempo o en su circunstancia, o por la exigencia o la prisa con que determinadas personas bien o mal intencionadas quieren que las cosas cambien. Usted ve que Dostoievski vuelve a ser editado en su patria, y Kafka considerado, por fin, un crítico del capitalismo. Sea cual haya sido su posición frente a los regímenes en que les tocó escribir, lo que no parece entenderse es que ninguno de los dos estaba en lo fundamental descontento con ningún sistema político, sino, como todo buen escritor, como Cervantes o como Swift, con el género humano, simple y sencillamente».
Augusto Monterroso. En una entrevista del año 1972, en Viaje del centro de la fábula. Madrid: Alfaguara, 2001; 191 pp.; diez entrevistas entre los años 1969 a 1994; ISBN: 84-204-4259-3.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
Mi vida en la Maleza de los Fantasmas, del nigeriano Amos Tutuola (1920-1987), es un relato de hace ya varias décadas que está basado en cuentos populares yorubas. Aunque sea literariamente tosco resulta por otros conceptos muy interesante. El narrador es un niño que, cuando los soldados invaden su poblado y su hermano mayor y él huyen, se oculta en la selva y allí tiene que hacer frente a los fantasmas que le acechan y sufrir toda clase de transformaciones. La historia tiene acentos delirantes y pesadillescos: el animismo y toda su colección de muertos vivientes y espíritus con poderes mágicos pueblan un mundo que no es tranquilizador precisamente. En el origen oral de este relato de Tutuola, como de tantas narraciones africanas, está su fuerza y su capacidad de llegar al lector, pero también su debilidad literaria, que la traductora señala en una breve nota inicial. El autor de la introducción habla del valor antropológico del libro, pero parece que desea distanciarse de interpretaciones abusivas cuando dice que los psicólogos lo apreciarán, «especialmente los que siguen las enseñanzas de Jung sobre la mitología y los arquetipos del inconsciente», y los que presten atención a «la morbosa fascinación por la suciedad, la sangre, las serpientes, los insectos, los olores, la fealdad, la deformidad, la desproporción y todo lo que es grotesco», que se ven en él.
Amos Tutuola. Mi vida en la Maleza de los Fantasmas (My Life in the Bush of Ghosts, 1954). Madrid: Siruela, 2008; 198 pp.; col. Nuevos Tiempos; trad. de Maribel de Juan; introd. de Geoffrey Parrinder; ISBN: 84-7844-028-3.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
En La ciudad infinita, el tercer libro de La llave del tiempo que continúa La torre y la isla y La esfera de Medusa, los protagonistas escapan de la tierra y viajan a Marte, pasando por la Luna, gracias a unos piratas intergalácticos al mando de una chica llamada Jade (que parece sacada de las aventuras de Flash Gordon). Amenazados como siempre por Dédalo, esta vez con ayuda del traidor Aedh, llegan a Marte y allí viven en Arendel, la ciudad infinita en la que gobierna la legendaria Diana Scholem. Lógicamente, todos van teniendo más información sobre sus familias, sobre el pasado de la humanidad y sobre las cosas tan extrañas que les pasan.
Las cualidades de esta tercera parte son las mismas de las anteriores: ensamblaje cuidadoso de una historia ramificada, buen uso del lenguaje, poder imaginativo y descripciones claras. Los defectos, también los mismos, van siendo más patentes según avanza la serie: longitud excesiva, reiteraciones descriptivas, expresiones manidas propias de las novelas sentimentales... También pienso que los personajes se dedican en exceso a la interpretación de nuestro mundo actual, algo que lastra el relato pues además los acentos didácticos son a veces muy explícitos.
En ese sentido, dado que «los buenos» del relato son los perseguidos militantes antiglobalización, sorprende oír, en boca de un viejo y ponderado científico, esta interpretación de algo que pasa en nuestros días: entonces «era tan fácil conseguir grabaciones piratas de nuestros músicos favoritos que todos recurríamos a ellas sin pestañear. No nos dábamos cuenta de que con eso estábamos poniendo en peligro la supervivencia de esa música que tanto amábamos. Creíamos que estábamos engañando a las grandes empresas discográficas, que se llevaban unos márgenes de beneficio abusivos...». Y luego continúa: «Cuando las discográficas empezaron a perder dinero por culpa del pirateo, lo que hicieron fue rescindir sus contratos con los músicos que menos vendían, y apostar únicamente por productos seguros, cantantes muy comerciales patrocinados por las distintas cadenas televisivas. Así, los mejores músicos se quedaron sin trabajo, y tuvieron que dedicarse a otras cosas para sobrevivir». Difícil de creer...
Ana Alonso y Javier Pelegrín. La ciudad infinita (2007). Madrid: Anaya, 2007; 526 pp.; col. La llave del tiempo; ISBN: 978-84-667-6524-4.
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
Los Stone, de Robert Heinlein es un relato de ciencia-ficción tipo «aventura familiar» o «aventura de vacaciones» protagonizado por la espectacular familia Stone: Roger, el padre, es ingeniero; Edith, la madre, es médico; la abuela Hazel es ingeniera, los gemelos de diecisiete años Cástor y Póllux son unos genios de la mecánica, la hermana mayor Meade tiene dieciocho y el hermano pequeño Buster tiene seis y ya es un maestro del ajedrez porque adivina el pensamiento. Viven en la Luna y, cuando los gemelos plantean comprar una nave pequeña para realizar algunos negocios interplanetarios, toda la familia decide viajar a Marte: para eso compran una nave más amplia, que llaman Rolling Stone, y que cargan de bicicletas para vender a los buscadores de minerales de Marte...
Con este hilo conductor de la travesía entre distintos planetas o asteroides se van sucediendo distintos episodios y, en cada tramo del viaje, se ha de resolver una dificultad: la doctora Edith tiene que pasar a otra nave para curar una epidemia, los gemelos se las ingenian para vender las bicicletas en Marte, más tarde unos curiosos seres marcianos llamados gatolisos crecen desmedidamente en pleno vuelo, etc.
La novela ejemplifica bien cómo y cuánto y qué rápido envejece la ciencia-ficción, pero es simpática: los personajes tienen unas cualidades extraordinarias —los gemelos estaban acostumbrados a leer el mismo libro al mismo tiempo, uno del derecho y otro del revés—; los diálogos son ágiles y divertidos —tu madre está «tan loca como una órbita irregular»—; se ofrecen datos y explicaciones en abundancia —los lunamotos se producen debido a «los leves estremecimientos microscópicos propios de la Luna que sufría debido a los gigantescos tirones gravitatorios que su prima la Tierra, ochenta veces más pesada, ejercía sobre ella»—... Eso sí, el autor es muy consciente del tipo de libro que ofrece al lector: cuando Roger dice a su madre, la abuela Hazel, que en los episodios que escribe para una serie televisiva, hace trampas a la literatura, Hazel le responde con un «¿quién ha dicho que esto sea literatura?»
Robert A. Heinlein. Los Stone (The Rolling Stone, 1952). Barcelona: El andén, 2008; 279 pp.; col. Gran Vía express; trad. de Juan Pascual Martínez; ISBN: 978-84-96475-16-2.
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martes, 4 de noviembre de 2008
Nueva edición, en un único libro, de varios cuentos antiguos que también se pueden considerar álbumes, de Tomi Ungerer: Las aventuras de la familia Melops. En él se reúnen cinco relatos protagonizados por una familia de cerdos, el señor y la señora Melops y sus cuatro hijos Casimiro, Isidoro, Félix y Ferdinando. En el primero construyen un avión, en el segundo van en busca de un tesoro, en el tercero encuentran petróleo, en el cuarto se dedican a la espeleología, y en el quinto celebran la Navidad. En ellos se cuentan las cosas con aires de gran ingenuidad y todos los tópicos de las novelitas de aventuras familiares al uso en los años en que se publicaron. Así, por ejemplo, todos terminan con la señora Melops llevando un superpastel diferente a su marido y a sus hijos como recompensa y desenlace de sus aventuras. Es como si el autor hubiese decidido borrar cualquier rastro de su conocida ironía o, más bien, como si al acentuar tanto el optimismo contase con provocar una especie de retroceso en el lector. Si en los colores planos de las ilustraciones se notan las limitaciones técnicas del momento en que fueron hechas, la composición de todas es magnífica. Son, además, narrativamente muy claras y contienen muchos detalles divertidos.
Tomi Ungerer. Las aventuras de la familia Melops (Die Abenteuer der Familie Mellops, 1957-1960). Madrid: Anaya, 2008; 166 pp.; trad. de Moka Seco Reeg; ISBN: 978-84-667-7768-1.
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lunes, 3 de noviembre de 2008
Bebé Dodo es un nuevo álbum de Peter Schössow. La tripulación en paro del pequeño remolcador Krautsland, con el capitán Horatio Lüttich a la cabeza, encuentra un huevo de un dodo, un animal extinguido hace 300 años; lo venden a un zoo y gracias a eso pueden volver a trabajar, pero luego se arrepienten y deciden liberar al dodo. Historia gráficamente bien narrada. El autor tiene un talento particular para captar estados de ánimo, en las expresiones de los personajes y en su reflejo en los entornos por donde se mueven, y para componer magníficas escenas de ambiente, algunas muy «peliculeras» como, por ejemplo, la de la taberna del puerto. Además, consigue intrigar al lector y darle un desenlace lógico dentro de la improbabilidad de la historia —aceptable por el hecho de que los protagonistas sean animales humanizados—.
Y, ya puestos, quienes estén interesados en los dodos deben conocer Un bicho raro, un álbum de hace algún tiempo con ilustraciones de Emilio Urberuaga y un simpático relato de Paz Rodero y José Morán, sobre un raro animal en busca de saber quién es..., y cuyo título en otros idiomas fue Dodo.
Peter Schössow. Bebé Dodo (Baby Dronte, 2007). Barcelona: Juventud, 2008; 50 pp.; trad. de Christiane Reyes y Élodie Bourgeois; ISBN: 978-84-261-3685-5.
Emilio Urberuaga. Un bicho raro (DoDo, 2003). Texto de Paz Rodero y José Morán. Zaragoza: Edelvives, 2003; 24 pp.; ISBN: 84-263-5009-7.
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Chesterton«Hay más de un modo de cometer infanticidios, y uno de ellos es asesinar a la infancia sin asesinar al niño».
Spaemann: «Hans Jonas ha señalado con toda razón que el paradigma fundamental del comportamiento moral es la conducta del hombre con un niño desamparado».
Grandes aplausos a La Huella Digital y a Vagón-bar por su blogocampaña.
G. K. Chesterton. Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.
Robert Spaemann. Felicidad y benevolencia (Glück und Wohlwollen, 1989). Madrid: Rialp, 1991; 285 pp.; col. Cuestiones fundamentales; trad., notas y estudio introductorio de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2689-6.